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Y
ocurrió que una de las veces vio un niño en la
ribera y este le pidió que le pasase a la otra
orilla, se lo puso al hombro creyendo que el
peso sería insignificante. Se equivocó. Cuenta uno
de sus biógrafos que Cristóbal entró animoso al río
con su báculo (una recia y alta vara con la que
solía ir a todas partes), como jugueteando con las
ondas; pero a los pocos instantes conoció que el
alto bajel se iba a pique, arrebatado de la furia de
las aguas. Crecían éstas; se hinchaban las olas;
procuraba Él cortarlas valientemente, haciendo pie
firme en la arena; pero nada le valía, porque el
niño que llevaba en sus hombros le abrumaba tanto
con el peso, que si Él mismo no le diera la mano, en
ellas hubiera hallado su sepultura. Rendido, sudando
y gimiendo, salió a la orilla y admirado puso al
niño en la arena y le dijo: "¿Quién eres, niño? En
gran peligro me has puesto. Jamás me vi en riesgo de
perder la vida, sino hoy, que te llevé sobre mi
espalda. Las coléricas aguas aumentaban su enojo, y
tú ibas multiplicando tu peso. No pesabas tanto al
principio. ¿Quién eres, niño, que tan en la mano
tienes hacerte ligero o pesado?. Al dejar al
pasajero en la otra orilla, éste le dijo que era
Jesús, y se manifestó a Él como en la
Transfiguración, en premio por su continuada
generosidad. |
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Según la
tradición, fue Cristóbal el primogénito y unigénito
de un rey cananeo, y nació en Sidón o en Tiro. Antes
de ser bautizado se llamaba Relicto. Tenía gran
porte, verdadero gigante por su estatura, de
cabellera rubia, ojos claros y mirada penetrante; y
despertaba en todos excepcional simpatía. |